(Visto 2 veces, 2 visita(s) de hoy)
decoracion vintage estilo iluminacion vintage lamparas vintage luz vintage oficina rincón de trabajo rutina
El blog de decoración e iluminación de Luz Vintage
Hay una diferencia enorme entre trabajar en casa y conseguir que tu casa parezca una oficina.
Una mesa, una silla y un portátil son suficientes para lo primero. Para lo segundo basta con añadir una luz blanca demasiado potente, cables por todas partes y un flexo con aspecto de departamento de contabilidad.
Si queremos una buena iluminación para la zona de trabajo en casa, necesitamos ver bien, por supuesto, pero también conseguir que ese rincón siga formando parte de la decoración cuando cerramos el portátil.
El error habitual consiste en trabajar únicamente con la lámpara del techo.
Tenemos luz, pero normalmente llega desde arriba, genera sombras y obliga a iluminar muchos metros cuadrados cuando realmente estamos utilizando una pequeña superficie.
Una solución mucho más interesante es colocar un punto orientable cerca del escritorio.
El aplique Amara tiene un brazo articulado con dos rótulas y una pantalla metálica cónica que permite dirigir la luz hacia la mesa.
Además, al estar instalado en la pared, deja libre el escritorio.
Menos cosas encima de la mesa y más espacio para trabajar. Empezamos bien.
Cuando el rincón de trabajo ocupa una pequeña mesa en el salón o incluso un escritorio dentro del dormitorio, cada centímetro cuenta.
El aplique Carlota es una opción mucho más compacta. Su foco articulado permite orientar la iluminación hacia una zona concreta y el acabado en latón introduce un detalle decorativo sin ocupar superficie.
Este tipo de luminaria tiene una ventaja importante: cuando terminas de trabajar, no queda un gran flexo recordándote que mañana tienes otros diecisiete correos que contestar.
Cierras el portátil y el rincón vuelve a formar parte de casa.
Este es uno de los trucos que más ayudan a evitar el aspecto de oficina.
La iluminación funcional resuelve el escritorio. Ahora necesitamos una luz que resuelva el ambiente.
Una lámpara de pie situada a cierta distancia puede hacerlo perfectamente.
La lámpara Verana combina una estructura de metal negro con pantalla de lino tostado y proporciona una iluminación difusa y suave.
Imagínala detrás de una butaca o junto a una estantería próxima al escritorio.
Mientras trabajas puede acompañar la iluminación funcional. Cuando terminas, apagas el foco del escritorio y dejas únicamente esta luz ambiental.
El espacio cambia de función sin mover absolutamente nada.
Aquí conviene evitar extremos.
Una zona de trabajo no necesita una iluminación azulada para que nuestro cerebro comprenda que estamos haciendo cosas importantes.
Lo que necesitamos es suficiente luz y una buena dirección.
Un aplique como Antonella incorpora un lector LED orientable de 3000 K en acabado latón envejecido, por lo que permite disponer de una luz puntual cálida sin renunciar a la funcionalidad.
Puede funcionar especialmente bien en escritorios pequeños, rincones de lectura que ocasionalmente utilizamos para trabajar o zonas integradas dentro del salón.
Esta debería ser la prueba definitiva para cualquier zona de trabajo integrada en casa.
Mira la iluminación e imagina que el ordenador desaparece.
¿Seguiría quedando bien?
Si la respuesta es no, probablemente el rincón esté demasiado pensado como oficina.
Una lámpara de pie como Gannon puede ayudar precisamente a romper esa sensación. Combina estructura negra, detalles en efecto latón y una gran pantalla de lino blanco ribeteada en negro, de manera que funciona tanto como iluminación ambiental como elemento decorativo.
Junto a un escritorio de madera, una butaca o una librería puede conseguir que toda la zona se perciba más como parte del salón que como un despacho improvisado.
No hace falta montar un despacho profesional para trabajar cómodamente en casa.
Piensa simplemente en dos tipos de iluminación: una luz dirigida hacia la superficie de trabajo y otra más suave que pertenezca al ambiente general de la habitación.
Durante la jornada utilizas ambas.
Cuando terminas, apagas la primera.
Ese pequeño gesto consigue que el escritorio deje de ser el protagonista y la habitación recupere su función doméstica.
Porque una buena iluminación de la zona de trabajo en casa debería ayudarte a concentrarte a las diez de la mañana y, unas horas después, permitirte olvidarte por completo de que ahí has estado trabajando.
Ese sí es un home office bien integrado.